Mateo 7, 1-5
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No juzguen y no serán juzgados; porque así como juzguen los juzgarán y con la medida que midan los medirán.
¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano y no te das cuenta de la viga que tienes en el tuyo? ¿Con qué cara le dices a tu hermano: ‘Déjame quitarte la paja que llevas en el ojo’, cuando tú llevas una viga en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga que tienes en el ojo, y luego podrás ver bien para sacarle a tu hermano la paja que lleva en el suyo”.
Breve el Evangelio que hoy nos presenta la Santa Madre Iglesia. Breve pero inmenso e inagotable en lo que abarca. Jesús aborda con sencillez uno de los problemas más grandes a los que nos enfrentamos en nuestra vida: «Juzgar». La primera consecuencia del pecado original es la inquietud de nuestros primeros padres por juzgar; comieron del arbol de la ciencia del bien y el mal, y en posesión de esta ciencia, la naturaleza humana nos empuja a determinar la bondad o maldad de todo desde nuestro propio juicio subjetivo. Adán y Eva lo primero que juzgaron es que la desnudez de nuestro cuerpo es vergonzosa. Decidieron cubrir su verguenza y aquello fue para el Creador el indicador de la trasgresión que habían cometido.
Jesús nos advierte que, de alguna forma, nuestro comportamiento con los demás se revertirá en nosotros mismos. «Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia», proclama en una de las bienaventuranzas. El mundo nos invita a juzgarlo todo y a todos, a estar pediente de todo y de todos, menos de nosotros mismos. Ésta es una forma de vida «hipócrita» con la verdad. Jesús nos exige que ante todo nos preocupemos y pongamos remedio a nuestros defectos y errores: «Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial.» Éste es el programa de vida cristiano, solo entonces alcanzaremos a ver bien, a mirar con los ojos de Jesús, a acoger con el corazón de María, a no juzgar y esperar en Dios hacedor de nuestras vidas.

