San Mateo 10, 26-33
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.
Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea.
No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones.
A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».
Hoy más que nunca estas palabras de Jesús deben calar hondo en nuestros corazones. «Temed al que puede llevar a la perdición del alma y cuerpo en la «gehena»». No hay nada en este mundo que tenga un caracter permanente, pero si que, en el trascurso de nuestra vida terrena, desarrollamos un negocio, como decía el Santo Hermano Pedro, negocio que radica en salvar nuestras almas. Aquí Jesús reincide directamente en esta verdad nuclear de nuestra fe, y nos advierte de la posibilidad real de perder, no sólo el alma, sino también el cuerpo eterno que alcanzaremos de nuevo al final de los tiempos terrenos.
Sin embargo con Jesús todo es maravilla; nada puede hacernos temer, pues el está con nosotros, nos ha redimido, santificado y divinizado; no ha regalado la condición de ser hijos de Dios, y con ella la seguridad de que nuestro Padre vela por nosotros. Acompañados por Jesucristo resucitado de entre los muertos la vida del cristiano es una continua declaración de Jesucristo ante el mundo, pero hay de aquellos que alcanzan a negarle, a rechazarle, a perseguirle, ellos mismos renuncian al único amor verdadero que es el que proviene de Dios y en el que debe participar todo amor nuestro.

